En Off

La primera vez que me morí, tenía 18 años. Y pensé: lástima. Me hubiera gustado cumplir 30. Saber en qué mujer me iba a convertir.
Pero alguien apareció en el momento justo. Y aquí estoy.
Y ahora, si tuviera que decirle a alguien cómo sobrevivir a los 30… ésta sería la historia que contaría.
Adán y yo somos amigos desde la prepa. De esos amigos que se han visto en calzones, de esos a los que les hablas a las tres de la mañana para llorar en el teléfono. De esos que te conocen recién despertada, y sin lavar los dientes, y te siguen queriendo. De esos que se hacen nada más a los 18.
Se llamaba Mimí. Medía metro y medio, y nada más por eso era la víctima de las bromitas de todos los patanes… como Adán.
Y uno cree que esos freaks van a cambiar con los años. Y sí cambian. Pero sólo para volverse más extraños.
Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, ¿No? Pero no es cierto. Nada más te hace más extraño.
Ignacio era el rebelde sin causa de la prepa. El que me traía loca. Iba a ser físico. Pero algo pasó en el camino… y ahora calcula riesgos para una compañía consultora. Va de oficina en oficina, haciendo estimados de cómo y cuándo se va a morir todo mundo.
Cuando encuentra a su novio con otra:
El amor es increíble ¿No? Como el trasero de la otra, que siempre es mejor que el tuyo.
Le llamo el síndrome de expectativas a la baja. A los 18 quieres a Brad Pitt con el cerebro de un ingeniero nuclear. Pero para cuando se te acercan los 30 cualquier tarado que te guiñe el ojo y no sea jorobado es el padre de tus hijos. Que viva el amor.
Al llegar a la reunión:
Las reuniones de la prepa: un viaje al pasado con bebida nacional incluída y derecho a pena ajena sin restricciones.
Y esa fue la segunda vez que me morí. Y no hay muerte más triste que morir por pendeja.
En el hospital, cuando llega Ignacio:
No estaba muerta. El saldo: Fractura en el metatarzo, abrasión facial, y contusiones múltiples en el alma
Viéndolo por el lado amable, no puede ponerse mucho peor después de que te vean madreada y en una pijama que enseña el culo.
Cuando se pone el famoso Alka-Seltzer:
Uno se acostumbra a estar solo. Solo duermes. Solo te despiertas. Solo esperas la hora en que dejes de estar solo. Y mientras… juegas solitario.
Cuando Ignacio se pone la golpiza con el de la camioneta:
Y mi mamá que siempre me decía que no saliera con sicópatas…
Mi mamá coleccionaba mariposas. Hace ocho años se murió. De cáncer en los huesos. No dejó nada más que mariposas. Y pensé: Qué triste. Irte así, y dejar detrás… gusanos con alas. Pero el día que se murió, llegaron las mariposas. Nunca había pasado, pero ese día, la ciudad se llenó de mariposas. A veces lo que eres no se ve en las cosas que dejas. A veces las cosas se dicen cuando ya no hablas. A veces te llegan las netas volando, entre el pavimento y el esmog del cielo. Entre dos estaciones del metro. Parada en la banqueta. Un martes a las cinco y media. Y entendí. Hay cosas asi, Ignacio.
Cuando Marina e Ignacio caminan a casa de ella:
Me acompañó a mi casa. Los dos sabíamos que el trato se había acabado. Él ya había encontrado al chofer… y… ¿Y? ¿De veras eso era todo?
Cuando Ignacio no puede hacerle el amor:
Ocho años de fidelidad absoluta. Y todavía no podía engañarla. A lo mejor eso es lo que hay que hacer: morirse atropellada.
Cuando Ignacio busca al de la camioneta:
La obsesión es una cosa muy fea. Puede hacerte pasar ocho años buscando a un asesino. Doce deseando a alguien que no te peló nunca. O treinta esperando que tu vida empiece.
En esta ciudad, el único lugar para enterrar a tu gato es en la jardinera de la banqueta. Y el único lugar para ver la vida que no tuviste es en todas las esquinas.
Cuando de veras quieres encontrar a algo, a alguien, cuando de veras estás buscando, puede pasársete el día, la noche, la vida. Hasta que lo encuentras.
Cuando Ignacio se queda solo, y rompe el poster de mariposas:
Cuando vives para cazar un dragón, no hay nada peor que encontrarlo. Si lo matas, te quedas sin nada. Y si no lo matas es porque la bestia era de papel. Y a ti se te fue media vida cazándola. Y cuando te bajas del caballo, te das cuenta que lo único que sacaste fue un dolor de nalgas. Y de lo que dejaste ir, mientras andabas en tu cruzada.
Eh... no me acuerdo:
Tienes 30. Y dices: Ya no estás para que te rompan el alma. Ya no tengo edad para tener esas ganas locas de hacerme bolita y llorar 3 días con el corazón hecho un trapo mojado. Oh sorpresa, ¿Verdad?
Cuando saca a Ignacio de su casa:
Se me estaba haciendo fácil sacar gente de mi casa. Ojalá fuera tan fácil sacármelo después de la cabeza. De los poros, de detrás de los ojos. De entre el pelo, de debajo de la lengua. De todos los lugares donde se me había guardado, sin que me diera cuenta.
¿Los efectos secundarios? Como yo los veo, tienen sus efectos secundarios. Y esos, sus efectos secundarios. Y esos, sus efectos secundarios. Y al final, todos chupamos faros.
Eh... tampoco me acuerdo:
No importa si hoy se te acabó el mundo, la vida, la fe, las galletas de animalitos y la gasolina. Mañana vuelve a llover. Vuelve a abrirse el metro. Vuelven a regar las plantas. Mañana sigue, contigo o sin ti. Tú sabes si te levantas.
Cuando los 4 están tirados en el suelo:
¿Que si tocas fondo? Sí. Pero del suelo no pasas.
Y así te llegan las neta. En el lugar más idiota. En el momento menos adecuado. Como el amor. O la muerte. O los 30.
Y a final de cuentas, lo único que consigues es un hombre que te da una mariposa negra, mojada, y muerta.
No importa si te has muerto una, o dos veces, o ninguna. Nunca dejas de empezar de nuevo. No sé cómo van a ser los cuarenta. Pero tengo mis sospechas. En el fondo siempre tendrás 18, porque eres joven solo una vez, pero inmaduro para siempre.
No hay instrucciones para cumplir 30… pero si las hubiera, serían estas:
(Y el resto creo que se lo saben! Saludos y Feliz Veintydiez!)
Etiquetas: año nuevo, Efectos Secundarios, escenas extras, voz off