Pito, pito, pito

A los siete lo entendimos bien, y luego lo fuimos desentendiendo. Pero teníamos razón: la perfecta venganza es morirse.
Amenazábamos, entre lágrimas y moqueos: ¡Pero vas a ver! ¡Me voy a morir y me vas a extrañar y vas a arrepentirte de tooooodo lo que me hicisteeee!... a quien fuera el futuro deudor en turno; padres obligándonos a hacer la tarea, mejores amigos que nos cambiaban por otros amigos más mejores, hermanas que no nos dejaban jugar con sus barbis.
Lo curioso es que con el crecer primero, y el envejecer después, lo vamos re-aprendiendo. Se nos va muriendo la gente, y vez tras vez, funeral tras funeral, nos sorprendemos de lo perfectamente pendejos que fuimos al no darnos cuenta de la tan única, sabia, indispensable naturaleza del muerto. De no haber pasado más tiempo con él, ella, hasta ello si era un perro. De que el mundo jamás volverá a ser igual en el inmemoriam al que nos obliga su partida.
Cuánto no daríamos por que fuera mentira. Porque no hubiera sido cancer, colesterol, diabetes el asesino. Porque el muerto hubiera sufrido una muerte más misteriosa… desaparecido en altamar, evaporádose en una explosion… que todo fuera el proverbial error, y que ahora regresara. Y después de los festejos, tantísimas preguntas que haríamos. Tantísima más atención con la que escucharíamos las respuestas. Tantísimo respeto demandaría su regreso de la tumba, glorioso, revalorado en toda la esplendencia de su ausencia.
Cristo, un treintañero reputadamente nada idiota, lo sabía muy bien, y lo ejerció como el mejor: muerte de rockstar, regreso de ultratumba, desaparición elegante. El resultado: un club de fans con millones de miembros y dos mil años de fidelidad.
Así que deberíamos de planearlo. El falso cadáver. No debe ser tan complicado, en esta patria de compra-venta de honor y madre, conseguirse una osamenta. Y en esta era de los implantes y las carillas, debe de ser bien sencillo obtener réplicas perfectas de nuestras dentaduras. O poner en escena el accidente en altamar, donde el cuerpo nunca fuera recuperado. Quizás incluso agenciarse una pócima a’la Julieta Capuleto que aparentara la muerte… y que luego nos permitiera volver de la tumba… nomás cuidando, eso sí, de no acabar despertándonos en el agujero, a’la Joaquín Pardavé, o peor, en el horno incinerador, a’la Pavo navideño.
Y después del funeral, dar los –ya demostrados- tres días, y luego volver, como si nada, en el más puro estilo no estaba muerto, andaba de parranda. Y entonces sí. Novios desconsiderados se desvivirían por atender el más leve pestañeo, amigos que ni pelaban se pelearían por llevarte al cine, la familia dejaría de joder para escuchar tus sabiesísimas palabras… hasta el pinche Perro haría caso a tus siéntates y estates. ¿Qué onda? Pa que sepan lo que es bueno, chingá.
Lema que pondero pedir de epitafio, sólo competido por el que intitula este soliloquio bloguero: como pudimos perder… si éramos tan sinceros.
O, o... para inmortalizar una frase de profunda significación y múltiples lecturas que intercambiamos con frecuencia mi querida hermana, Pedro Izquierdo y esta redactora:
Pito, pito, pito.
Ahí se las regalo para cuando no les quede otra cosa por decir.

Etiquetas: Cristo, despedida, epitafios, fantasía, funeral, muerte, pito, resurrección, venganza