Sin Ceros

¿Cómo pudimos perder, si éramos tan sinceros? Charlie Brown, 1963. Diario virtual ciertamente no diario y virtualmente incierto de Issa López, guionista y directora de Efectos Secundarios, Casi Divas y otras curiosidades, quien usa este espacio para no hacer el trabajo que debería de estar haciendo.

jueves, marzo 08, 2007

Es aquí, es aquí, es aquí...


En la imagen, el tráfico de la hora de la salida de la escuela en Nueva Delhi. Nótese que los transportes escolares son rickshas, y la imagen de Shiva en el tablero de mi taxi...

Bueno, pues de 12 nominaciones, hubo una sola diosa de plata, que se convertirá en posesión de la comunidad, me temo.

Me dedico en este espacio entonces a platicarles de otras cosas: Ayer fui con Arturo Barba a escuchar en vivo a Improbable People, que son unos chidazos, y además de tocar maravillosamente, le abrieron nada más ni nada menos que a los Kings of Convinience. De modo que nos pasamos dos horas espléndidas escuchando a Erlend Oyes. Muy recomendable!

En fin. Prometí hablar más acerca de la India, así que cumplo, por difícil que parezca la tarea, precediendo mi relato, condenado a quedarse corto ante la experiencia, con un sentido, profundo y verdaderísimo agradecimiento a la gente de la embajada de México en India, a Claudia, a las finísimas personas de la Universidad Jamia Milla, y a todos los que se apiadaron de una viajera improvisada en las antípodas de su tierra.

En primer lugar, explicar que los hombres Indios son los verdaderos pros del ligue. Del deporte del ojito. Del Howyoudoin? En resumen que quítense lancheros acapulqueños, Italianos sobretestorenonados, y creo que hasta expresidiarios recién liberados. Nada compara con echarse una caminadita en jeans por Old Delhi. No, si no salí embarazada creo que porque pasé rápido. Sí, es muy halagador y todo eso, pero por ahí de la décima vez que sales con novio cada vez que preguntas cómo ir a algún lugar, o nada más esperas para cruzar la calle -deporte por demás extremo considerando el flujo de rickshas, motonetas, biclas y taxis, que se guían no por los carriles pintados de adorno en el suelo, no por las señales de tráfico, sino por el claxonazo que piden con sendos letreros todas las defensas traseras, en hindi o en inglés.

En fin. Hay otra cosa enloquecedora... los olores. Todo huele a especias. A supbari, que ellos le llaman a algunas yerbas. A incienso, que se quema en todas partes. A patchuli y sándalo. A humo de escapes, de la basura que quema la gente para calentarse en la calle. Una mezcla tan desconcertante como todo lo demás. Todo mundo canta. Todo mundo grita en hindi. Las sonrisas están manchadas del rojo del tabaco que mascan. Los Sikhs combinando sus turbantes para que hagan juego con su camisa, los sarees, las batas, la tela flotante de los colores más imposibles en otro continente, los colores... monos en las calles, loros verdes, halcones, vacas, camellos, elefantes. Películas en las que se canta a la menor provocación, incluso si son la versión Bombay de 007.

Los intocables, en un sistema de castas que desde luego que existe. Los castrados, vestidos de mujer, que dan suerte. Vendedores, vendedores, vendedores... la casi imposibilidad de encontrar precios fijos, porque todo se regatea.

Chutney, curry, chapatis. Lassi para beber. Té con leche. Sonrisas. Madam para acá y para allá. Mi novio Rohit, de 15 años, que me pidió un beso y 20 rupias cuando acabó de darme el tour por las tiendas, y me paró una ricksha. Mis manos pintadas de henna, por una mujer que no habla inglés, y me las talla con aceite de mostaza antes de pintarlas con un sólo largo trazo. Mi otro novio Sahmed que vendía sacos de tela bordada. Dioses, todos los dioses del mundo, hermosísimos en los templos, de mármol blanco pintado a mano, de tamaño natural, bailando gráciles, como si no pesaran 3 toneladas, vestidos en seda, con collares de flores. El sempiterno bindi en el centro de la frente, rojo, candente. El templo Jain de 1000 años que aparece en un callejón olvidado, y el tenerte que lavar las manos, la boca, los pies antes de entrar, y el guía que te explica que ese es su dios 14, su dios 24, y te pone un bindi amarillo, de azafrán y sándalo. Basura. Publicidad. Rincones que te recuerdan Blade Runner. Turistas. Perros. Un inglés del que no entiendes más que la última palabra en cada frase. Rupias, rupias, rupias, en el mercado de las novias, lleno de brazaletes, aretes, bordados dorados, metros tras metros de seda roja. Como todas las mujeres aquí, menos tú.

Las piedras. La plata. Un jardin inglés, perfectamente cuidado, perfectamente alejado de los cláxones y los gritos, que dentro esconde 8 tumbas de reyes y reinas. El Q'ran, labrado en todas las puertas. El llamado a la oración del muezzin, lejano, extranjero, lamentoso para el visitante bárbaro en el que te reconoces de pronto.

El Taj Mahal, que es la cosa más bella que has visto nunca, y aunque estés harta de ver las fotos, cuando lo ves de verdad, las rodillas se te doblan. Caminar entre las piedras de una ciudad amurallada y olvidada. La leyenda sobre aquel dintel: Si es que existe el paraíso, es aquí, es aquí, es aquí.

Y el infierno también. Es aquí, es aquí, es aquí.

India.


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martes, febrero 27, 2007

India Song

No hay manera de explicar un viaje a la India. No hay manera de entender un viaje a la India. Al cuarto día de estar ahí, con el estómago revuelto y el espíritu ídem, tuve que sentarme en el Templo del Loto, que es un santuario multi-fe -como todo en India- para tratar de entender qué demonios estaba sintiendo. Por qué nunca, ningún otro viaje me había agitado tan profundamente. Y lo que creí vislumbrar, en el silencio del templo sobre sus nueve estanques de agua, es que India es el ombligo del mundo. El lugar donde Dios tocó al planeta, para despertarlo. A final de cuentas, la civilización empezó ahí al ladito, contraesquina. A final de cuentas, Budha nació ahí, y los estudios más recientes indican que Cristo también. (Y que parece que fueron la misma persona, para colmo) A final de cuentas ahí están los templos de trece millones de dioses del hinduismo. Y si trece millones y dos mesías no bastan, está que es la cuna de los Sikhs, los Sufis, los Jainitas, y un chorro de musulmanes.

Creo que India es -más aún que México- el lugar en el que más cerca he visto lo mejor y lo peor del mundo, codo a codo, tomándose el té. Las construcciones más sublimes, los ojos más hermosos, la comida más exótica, la ropa más bella, los perfumes más fragantes... con los rincones más horrendos. Y llega un punto, tal como su comida, en el que ya no puedes digerirlo. Hasta que entiendes que tienes que hacerlo con cautela. Con paciencia. Y te vuelves a acercar. Y te enamoras.

Sí, todo está increíble y muy místico y las moscas Tibetanas, pero lo que sí está del tubo es el pinche viajecito de 25 horas, dos aviones y tres aeropuertos, que ya les narraré en detalle.

En fin. Nada más para decirles que ya volví.

Ah, y ya salieron las nominaciones de los Arieles, de las cuales, sólo tenemos a Ale Gollás en Mejor actriz, lo cual no sorprende a nadie, excepto quizás a Ale, que es tan modestita...

Un abrazo!

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