4 patas son más que 2
La primera vez que la vi fue a través del cristal de una vitrina nariceada hasta lo borroso por ejércitos de niños que pegaban la cara al vidrio para ver a los labradorcitos importados. Era la única color chocolate de la camada, y me di cuenta inmediatamente de que no se iba a vender, porque tenía una mordida en la cabeza que le iba a dejar cicatriz.
Pensé que era macho. Hay una cosa no sé qué de que de entrada, todos los perros son perros, todos los gatos gatos, todos los conejos conejos. Se requiere de una presentación más formal para otorgarles otro género.
También pensé que era hora de dejar de entrar a las tiendas de mascotas porque siempre salía con el corazón hecho jerga, entre los perritos ladrando, desesperados en las jaulas de 50 x 30, las tortugas muertas en las peceras, y las guacamayas condenadas a recordar el color de la selva sólo en la playera de algún despistado fuera de temporada, entre el desfile incansable de un centro comercial en Villa Coapa.
Pero volví, como siempre. Dos meses después, los demás labradores se habían vendido, y ella seguía ahí, en la misma vitrina, con la misma mordida, más grande, más barata, más cansada.
Dos meses después me quebré. Seguía con su cicatriz, apenas cabía en la pecera, y la estaban rematando. Y era claro que si no se vendía la iban a rematar pero de verdad. Furiosa, le dije al empleado que me diera ese perro, y es cuando me dijo que era perra. Olía a rayos, y estaba como loca, brincaba por todos lados, lengüeteaba lo que se dejara, y se ahorcaba con la correa. Viviendo en un departamentito del tamaño de una tacita de express, donde además estaban prohibidas las mascotas, pensé que era uno de esos errores que lamentaría durante muchos años.
Pocas veces he estado tan equivocada en la vida.
A la semana de habérmela llevado, la cicatriz se le borró; era por baja de defensas, debida a la depresión.
Es prógnata, chaparra -creo que es un perro bonzai, por crecer hasta los siete meses en una cajita- patiflaca y colitorcida. El pedigree que me dieron cuando la compré seguramente es un chiste local en Carolina del Norte, donde está el criadero. Hemos decidido que más que un labrador chocolate, es un labrador chocorrol. Pero también es una dama absoluta, que cruza las patitas cuando se echa, se lava la cara como gato y no come cochinadas en la calle. Y lo más interesante de todo: es más inteligente que el 80% de la gente que conozco. Cuando hicimos un recuento de su vocabulario -esto es, las palabras que entiende- nos rendimos por ahí de la 300. Abre puertas, distingue el lado derecho del izquierdo -cosa que yo no- y de vez en cuando es hasta psíquica. Y dice mi marido que una vez le habló. Ella a él, porque nosotros hemos caído en la costumbre de hablarle todo el tiempo.
Mi hermana le puso Kanika, que, como dijera Les Luthiers, en dialecto swahili quiere decir vestida de oscuro, y en cristiano es un juego de palabras bastante idiota. Sospecho que le caga, y que hubiera preferido llamarse Nina o Aretha o Amelia, pero lo soporta con gracia.
Mi marido, cuando Kanika y yo llegamos a vivir con él, le explicó que no era su papá, sino más bien su Kanikastro, pero la perra decidió de inmediato que lo amaba, y se dedica a manifestarme con gélidas miradas la sabiduría de Paulina Rubio en las lineas inmortales de Ese Hombre es Mío. Sospecho que planea mi muerte, haciéndome caer por las escaleras con su pelota de peluche, y tras un breve luto para el que ya está vestida, suplantarme en todas mis funciones, porque como ya he explicado aquí, es ella la que escribe mis guiones, y ahora quiere mis regalías.
Después de concienzudas meditaciones he llegado a la conclusión de que la única explicación razonable para la existencia de tan sesudo cuadrúpedo, es que es un alma vieja. Viene reencarnando desde los egipcios, donde se le conoció como Kanubis. Pasó por Roma, como Kanígula. Por las estepas mongolas como Gengis Khanika. Por Rusia como Ana Kanerina. Fue parte del clan Kannedy. Y ahora nos llega en su forma más pura y peluda, preparada para dominar al mundo. Espera su momento mientras practica su telepatía, enviándome constante su mantra sobre la supremacía Kanina: 4 patas son más que 2... 4 patas son más que 2...
Tiene 9 años, y vivo en el temor de cuando parta a su siguiente encarnación. No hay un protocolo para llorar a un perro. No hay un luto, ni un rito de pasaje que no sea, inevitablemente, ridículo. Y sin embargo, pocos dolores debe de haber como perder al único compañero que nunca pregunta por qué, siempre se alegra de verte, y se queda contigo desde el momento en que lo sacas de la tienda, hasta la visita al veterinario en la que tendrás que ponerlo a dormir para no despertarlo jamás.
Pero, en tanto, Kanika es ciertamente los 2000 pesos mejor gastados de mi vida.
Pensé que era macho. Hay una cosa no sé qué de que de entrada, todos los perros son perros, todos los gatos gatos, todos los conejos conejos. Se requiere de una presentación más formal para otorgarles otro género.
También pensé que era hora de dejar de entrar a las tiendas de mascotas porque siempre salía con el corazón hecho jerga, entre los perritos ladrando, desesperados en las jaulas de 50 x 30, las tortugas muertas en las peceras, y las guacamayas condenadas a recordar el color de la selva sólo en la playera de algún despistado fuera de temporada, entre el desfile incansable de un centro comercial en Villa Coapa.
Pero volví, como siempre. Dos meses después, los demás labradores se habían vendido, y ella seguía ahí, en la misma vitrina, con la misma mordida, más grande, más barata, más cansada.
Dos meses después me quebré. Seguía con su cicatriz, apenas cabía en la pecera, y la estaban rematando. Y era claro que si no se vendía la iban a rematar pero de verdad. Furiosa, le dije al empleado que me diera ese perro, y es cuando me dijo que era perra. Olía a rayos, y estaba como loca, brincaba por todos lados, lengüeteaba lo que se dejara, y se ahorcaba con la correa. Viviendo en un departamentito del tamaño de una tacita de express, donde además estaban prohibidas las mascotas, pensé que era uno de esos errores que lamentaría durante muchos años.
Pocas veces he estado tan equivocada en la vida.
A la semana de habérmela llevado, la cicatriz se le borró; era por baja de defensas, debida a la depresión.
Es prógnata, chaparra -creo que es un perro bonzai, por crecer hasta los siete meses en una cajita- patiflaca y colitorcida. El pedigree que me dieron cuando la compré seguramente es un chiste local en Carolina del Norte, donde está el criadero. Hemos decidido que más que un labrador chocolate, es un labrador chocorrol. Pero también es una dama absoluta, que cruza las patitas cuando se echa, se lava la cara como gato y no come cochinadas en la calle. Y lo más interesante de todo: es más inteligente que el 80% de la gente que conozco. Cuando hicimos un recuento de su vocabulario -esto es, las palabras que entiende- nos rendimos por ahí de la 300. Abre puertas, distingue el lado derecho del izquierdo -cosa que yo no- y de vez en cuando es hasta psíquica. Y dice mi marido que una vez le habló. Ella a él, porque nosotros hemos caído en la costumbre de hablarle todo el tiempo.
Mi hermana le puso Kanika, que, como dijera Les Luthiers, en dialecto swahili quiere decir vestida de oscuro, y en cristiano es un juego de palabras bastante idiota. Sospecho que le caga, y que hubiera preferido llamarse Nina o Aretha o Amelia, pero lo soporta con gracia.
Mi marido, cuando Kanika y yo llegamos a vivir con él, le explicó que no era su papá, sino más bien su Kanikastro, pero la perra decidió de inmediato que lo amaba, y se dedica a manifestarme con gélidas miradas la sabiduría de Paulina Rubio en las lineas inmortales de Ese Hombre es Mío. Sospecho que planea mi muerte, haciéndome caer por las escaleras con su pelota de peluche, y tras un breve luto para el que ya está vestida, suplantarme en todas mis funciones, porque como ya he explicado aquí, es ella la que escribe mis guiones, y ahora quiere mis regalías.
Después de concienzudas meditaciones he llegado a la conclusión de que la única explicación razonable para la existencia de tan sesudo cuadrúpedo, es que es un alma vieja. Viene reencarnando desde los egipcios, donde se le conoció como Kanubis. Pasó por Roma, como Kanígula. Por las estepas mongolas como Gengis Khanika. Por Rusia como Ana Kanerina. Fue parte del clan Kannedy. Y ahora nos llega en su forma más pura y peluda, preparada para dominar al mundo. Espera su momento mientras practica su telepatía, enviándome constante su mantra sobre la supremacía Kanina: 4 patas son más que 2... 4 patas son más que 2...
Tiene 9 años, y vivo en el temor de cuando parta a su siguiente encarnación. No hay un protocolo para llorar a un perro. No hay un luto, ni un rito de pasaje que no sea, inevitablemente, ridículo. Y sin embargo, pocos dolores debe de haber como perder al único compañero que nunca pregunta por qué, siempre se alegra de verte, y se queda contigo desde el momento en que lo sacas de la tienda, hasta la visita al veterinario en la que tendrás que ponerlo a dormir para no despertarlo jamás.
Pero, en tanto, Kanika es ciertamente los 2000 pesos mejor gastados de mi vida.
Etiquetas: labradores, mascotas, perros
