Sobre el músculo de la risa.

Celebrando mi investigación sobre el humor, (Lo explico más adelante) tenemos de invitadas algunas imágenes de lo estúpido, lo insospechado, y lo irreverente. Hoy, la orto-cabra.
Entrando en materia: ayer tuve la primera junta de casting de la nueva película, que, a falta de titulo definitivo, llamaremos... carajo, debe de ser uno de los títulos más difíciles de poner en toda mi carrera. Llamémosla Luminaria. Tuve también una junta de foto, una de producción... los motores empiezan a calentarse, y yo empiezo a ver la película. Empiezo a buscarla en todas partes; en lo que veo, en lo que leo, en lo que escucho. A final de cuenta el proceso de hacer cine, es seleccionar qué queda en cuadro, y qué no; qué porción del cuerpo del actor, qué parte de su espacio. Qué lineas de diálogo, qué notas de música. Dónde empieza la acción, y dónde termina.
Luminaria es completamente distinta a Efectos, y sin embargo, en el fondo, decantada hasta su última consecuencia, es similar: ¿De veras eso es lo que quieres ser? ¿De veras tienes que convertirte en alguien más? Pero en esta ocasión la pregunta se vuelve hasta geográfica. Mis personajes tienen que decidir si su lugar es donde tienen que estar.
Quizá la pregunta más interesante, en este momento, es el tono. Aunque no es una comedia, hay humor. Y aunque no es una tragedia, toca lugares muy delicados de esta aventura de ser Mexicano. Ya se verá.
En fin. Y mientras, como estoy estudiando más cuidadosamente el proceso de escribir humor (para el proyecto aquel por encargo que me costó tanto trabajo, y para lo que estoy haciendo con los actores de Efectos) voy a hacer uso de este espacio para realizar ciertos ejercicios al respecto. Y quien quiera unirse al esfuerzo, estaría poca madre que lo haga, en los comentarios.
I tres momentos cómicos de mi infancia:
1. 2o de primaria. Después de que me corrieran de una escuela activa, terminé en un colegio católico monísimo. De esos donde no podíamos poner calabazas en Halloween porque es un rito pagano. Y en alguna clase de catecismo, estudiando los 10 mandamientos, levanto la mano muy estudiosa yo, muy educada: ¿Miss? ¿Qué es fornicar? Y Miss Teté, la primera mujer en el mundo a la que vi con rayitos en el pelo, me contesta veloz: Es levantar falsos testimonios. Decir cosas que no son ciertas, acerca de otras personas. Y yo tomo nota, algo confundida, porque ya había otro mandamiento acerca de no mentir, pero decido al final que a este individuo -Dios- de verdad le deben de cagar los mentirosos. Probablemente también lo corrieran de algunas escuelas con calumnias. Corte a: durante los siguientes diez años de mi vida, cuando alguien me acusó de algo de lo que era inocente, procedí infaliblemente a gritar, indignada, que hiciera el favor de no fornicarme. Y, como dice Mark Twain, correré un velo para que mis amables lectores se ahorren las reacciones que semejante reclamación solía provocar, para mi constante sorpresa.
2. Cada uno tiene sus vicios. Desde chiquito. Mi hermana, por ejemplo, se comía los lentes de contacto de mi mamá. Como eran los setentas, y todas las casas estaban alfombradas con una cosa que parecía perro atropellado, nos pasábamos horas y horas espulgando el pelambre del suelo, en busca de los lentes "perdidos", hasta que mi carnala confesaba, harta, haberse desayunado las lentillas. Mi prima Mariloli, por su lado, se bebía los perfumes de mis tías, lo cual hablaba proféticamente de algunos hábitos que luego demostraría, pero dejaba entrever también su natural buen gusto: solo Chanel, porque Brut jamás. A mí me gustaba besar niños. En cuanto veía a un niño guapo tenía que besarlo. Y no eran besitos de corro, te doy un picorete en la mejilla y huyo, apenada. No. Era de pescarlos del pescuezo, y comerles la cara a besos hasta dejarlos babeados y mareados, o hasta que lloraran. O hasta que llegara alguna maestra a rescatarlos. Supongo que ahora medio contengo el reflejo... pero sigue ahí. Por eso, quizás fuera sabio que no me dejaran acercarme al primo Clive.
3. Mi mejor amiga en 1o de primaria se llamaba Yeta. En serio. Hasta la fecha, ignoro su nacionalidad, y es perfectamente comprensible porque no hablaba una palabra de español. Era una pequeña Walkiria, rubia, sonriente, de dos veces mi estatura, y tres punto cuatro mi ancho. Y creo que todo el año escolar completo tuvo un brazo enyesado. Lo espléndido de ser amiga de Yeta es que funcionaba como mi guardaespaldas. Como yo no era precisamente la niña más simpática, ni más bonita, ni más querida, si me metía en broncas, Yeta podía ponerle un yesazo a quien se necesitara. Si no me dejaban ser la princesa Leia, Yeta podía poner un yesazo para arreglar el casting. Si Daniel no quería besarme, si no me escogían para jugar a las trais, si alguien me fornicaba. Yeta y yo fuimos muy felices, incomunicadas pero sonrientes... hasta que Yeta se fue de la escuela para volver a su casa, que podía ser cualquier cosa desde Yugoslavia hasta las estepas Laponas. Y supongo que sólo a Mussolini le fue peor que a mí al acabar su tiranía. Al final del año tenía tantos enemigos, que me corrieron de la escuela -por mi propio bien- y acabé en la monísima escuela católica, todos los Jalogüins desterrados de mi infancia.
El siguiente ejercicio en la siguiente entrada...
Etiquetas: catecismo, estupidez, fornicar, humor, lentes de contacto