Entre los espacios

Estos, tan bien alineaditos y formaditos somos mis productores, mi gerente de locaciones y la redactora de este espacio, considerando cómo y dónde filmar esta cosa que ya mero arranco, y ya mero tiene nombre, pero todavía no. Esta vida de las películas está hecha del estamos a punto, del falta este sólo detalle, del la próxima semana sabemos, cosa que puede resultar de lo más frustrante y terminar con la paciencia, el pelo y la vida marital de cualquiera, de modo que lo mas saludable sería asumirlo como el estado natural de las cosas. Es como cuando a los 18 me di cuenta que tenía que cambiar mi manera de comer, porque había dejado de crecer para arriba, y ahora iba hacia los lados, así que tenía que decirme a todas horas: esto que sientes no es hambre... es tu estado natural de ahora en adelante. Nunca me lo creí, y no creo creerme esto ahora, pero valdría la pena intentarlo: No estoy esperando para hacer una película. Estoy haciendo películas cuando espero. Hacer cine es esperar, como bien señalaba Truffaut, y quién soy yo para diferir.
En fin. Mientras arranca o no arranca, voy a hablar del trabajo con actores, que siempre es la parte más gozosa del proceso, al menos en mi caso.
Antier me llegó una de esas reflexiones de regadera. Esas epifanías cabronas donde entiendes cómo tu personaje se da cuenta de todo lo que pasa, o cómo toma una decisión que cambia el rumbo de la trama, o cuando menos te acuerdas de que no ha llegado el recibo de la luz y que te la van a cortar si no pagas. Una iluminación instantánea que estalla por la mezcla del jabón, cerrar los ojos, y agarrarte tus cosas, supongo, y que te deja claro algo que estaba harto poco claro. Aparte de quitarte la mugre de detrás de las orejas.
En este caso fue que tenía ensayo en la tarde, y que desde que me levanté estaba dando brinquitos. Brinquitos como los que pegué cuando la primera secuencia entre estos dos personajes quedó cerrada, y los vi... más allá de la página, ahora eran de piel y pelo, y hablaban, en mi sala. Y todo lo que tenía que pasar en esa secuencia, -amor perdido, venganzas domésticas, ironías rastreras, y el arranque del resto de la historia- estaba ahí. Y empiezas a ver la película que imaginaste. El placer que es ver eso suceder, juntarte con dos personas y entre los tres, en chiquito, crear esa otra realidad, esos otros seres, que no existen, entre el sofá y la mesa del comedor... es como volver a tener 7 años y decir: Y que esta silla, era el coche, y tú llegabas... y yo era policía y tú piloto de carreras, y que nos peleábamos, ¿sale? Y el acción se vuelve el "sale". Y desde los 7 años no hacías algo que gozaras tanto, y no fuera o ilegal o en una cama (o ilegal Y en una cama).
Pero más allá del gozo del juego, de crear hombres y mujeres quiméricos, lo interesante del proceso de dirección está, muchas veces, en lo que no está escrito en la página. De nuevo, me encuentro preguntando a los actores constantemente: "¿Y qué haces cuando ella se va? ¿Cuando se acaba la escena, qué pasa? ¿Y entonces? ¿Y luego?" El trazar la secuencia de eventos entre una escena y otra, improvisar esas acciones, hacer las llamadas telefónicas que hacen, seguir las cadenas de pensamientos hasta llegar a la siguiente vez que los vemos en pantalla, cambia absolutamente lo que pasa en cuadro. Cuando hice Efectos, ya cerca del rodaje seguí el recorrido completo con Marina, en un solo ensayo. Desde que se levanta el día de su cumpleaños 30, encuentra al novio con otra, se reencuentra con Ignacio, la atropellan, se lanza a seguir al de la camioneta, tiene un encuentro amoroso, un desencuentro, se da cuenta que su fantasía romántica de 12 años es una chaqueta mental, su mejor amigo recae en los vicios, se inunda su casa, su gato se muere, tiene que aventarse al agua sin saber nadar... y además todo lo que sucede entre estos eventos: La incertidumbre de si Ignacio llama o no, la soledad cuando él se va, hacer las paces con un Adán intoxicado, el camino a la escuela para rescatarlo...
Y en un punto, Marina me volteó a ver, y me dijo que su personaje no podría seguir en pie. Que eran demasiados eventos, demasiadas emociones demasiado rápido; que nadie lo resistiría. Juntas descubrimos, sin embargo, que precisamente esa adrenalina es la que la mantendría en pie, y que, si lo hacíamos bien, sería la que mantendría al espectador en tensión, esperando una resolución. Y me atrevo a decir que teníamos razón.
Ahora estoy en el mismo proceso, con los actores de esta otra cosa. Y es nuevamente maravilloso escucharlos responder lo que hacen sus personajes cuando yo no los escribo. Escuchar a alguien más, alguien que para este punto conoce a mi creación mejor que yo misma, decirme lo que harían. Y luego verlo suceder.
Eso vale, ciertamente, todas las esperas del mundo.En fin. Mientras arranca o no arranca, voy a hablar del trabajo con actores, que siempre es la parte más gozosa del proceso, al menos en mi caso.
Antier me llegó una de esas reflexiones de regadera. Esas epifanías cabronas donde entiendes cómo tu personaje se da cuenta de todo lo que pasa, o cómo toma una decisión que cambia el rumbo de la trama, o cuando menos te acuerdas de que no ha llegado el recibo de la luz y que te la van a cortar si no pagas. Una iluminación instantánea que estalla por la mezcla del jabón, cerrar los ojos, y agarrarte tus cosas, supongo, y que te deja claro algo que estaba harto poco claro. Aparte de quitarte la mugre de detrás de las orejas.
En este caso fue que tenía ensayo en la tarde, y que desde que me levanté estaba dando brinquitos. Brinquitos como los que pegué cuando la primera secuencia entre estos dos personajes quedó cerrada, y los vi... más allá de la página, ahora eran de piel y pelo, y hablaban, en mi sala. Y todo lo que tenía que pasar en esa secuencia, -amor perdido, venganzas domésticas, ironías rastreras, y el arranque del resto de la historia- estaba ahí. Y empiezas a ver la película que imaginaste. El placer que es ver eso suceder, juntarte con dos personas y entre los tres, en chiquito, crear esa otra realidad, esos otros seres, que no existen, entre el sofá y la mesa del comedor... es como volver a tener 7 años y decir: Y que esta silla, era el coche, y tú llegabas... y yo era policía y tú piloto de carreras, y que nos peleábamos, ¿sale? Y el acción se vuelve el "sale". Y desde los 7 años no hacías algo que gozaras tanto, y no fuera o ilegal o en una cama (o ilegal Y en una cama).
Pero más allá del gozo del juego, de crear hombres y mujeres quiméricos, lo interesante del proceso de dirección está, muchas veces, en lo que no está escrito en la página. De nuevo, me encuentro preguntando a los actores constantemente: "¿Y qué haces cuando ella se va? ¿Cuando se acaba la escena, qué pasa? ¿Y entonces? ¿Y luego?" El trazar la secuencia de eventos entre una escena y otra, improvisar esas acciones, hacer las llamadas telefónicas que hacen, seguir las cadenas de pensamientos hasta llegar a la siguiente vez que los vemos en pantalla, cambia absolutamente lo que pasa en cuadro. Cuando hice Efectos, ya cerca del rodaje seguí el recorrido completo con Marina, en un solo ensayo. Desde que se levanta el día de su cumpleaños 30, encuentra al novio con otra, se reencuentra con Ignacio, la atropellan, se lanza a seguir al de la camioneta, tiene un encuentro amoroso, un desencuentro, se da cuenta que su fantasía romántica de 12 años es una chaqueta mental, su mejor amigo recae en los vicios, se inunda su casa, su gato se muere, tiene que aventarse al agua sin saber nadar... y además todo lo que sucede entre estos eventos: La incertidumbre de si Ignacio llama o no, la soledad cuando él se va, hacer las paces con un Adán intoxicado, el camino a la escuela para rescatarlo...
Y en un punto, Marina me volteó a ver, y me dijo que su personaje no podría seguir en pie. Que eran demasiados eventos, demasiadas emociones demasiado rápido; que nadie lo resistiría. Juntas descubrimos, sin embargo, que precisamente esa adrenalina es la que la mantendría en pie, y que, si lo hacíamos bien, sería la que mantendría al espectador en tensión, esperando una resolución. Y me atrevo a decir que teníamos razón.
Ahora estoy en el mismo proceso, con los actores de esta otra cosa. Y es nuevamente maravilloso escucharlos responder lo que hacen sus personajes cuando yo no los escribo. Escuchar a alguien más, alguien que para este punto conoce a mi creación mejor que yo misma, decirme lo que harían. Y luego verlo suceder.
Etiquetas: actuación, cine, dirección, guión, juegos, paciencia, regaderas